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Opinión: Ambivalencias «Parlamentarismo, la vía. Parte II» Por Martín Arango García.

Ambivalencias

Parlamentarismo, la vía. Parte II

Por Martín Arango García.

MartínComo señalamos en la pasada entrega, hoy más que nunca el sistema presidencial en México vive una severa crisis y para muestra de ello la encuesta publicada este fin de semana por el periódico El Universal da a conocer que el 50% de los ciudadanos encuestados reprueban la labor del Presidente de México. Ante este escenario resulta fundamental replantear el escenario político que vivimos, pues hoy los ciudadanos no se sienten realmente representados por sus gobernantes.

Los sistemas parlamentarios existentes alrededor del mundo deben su nombre al principio fundador de que es el Parlamento el asiento principal de la soberanía nacional. En consecuencia, no permiten que exista una separación orgánica del poder entre el gobierno y el Congreso.

El sistema parlamentario implica una forma de gobierno representativa en la que el Congreso participa en forma exclusiva en la dirección de los asuntos del Estado. En ese sentido, en este sistema la formación del gobierno y su permanencia dependen del consentimiento de la mayoría de las fuerzas existentes en el Congreso. Esa mayoría puede surgir de dos fuentes, ya sea directamente del voto ciudadano a través de elecciones, o bien, de una coalición entre partidos políticos. No sería suficiente con que el Poder Legislativo elija al jefe de gobierno para hablar de un sistema parlamentario. Es necesario también que el Congreso no comparta con ningún otro órgano del Estado la dirección de los asuntos públicos.

En este sistema podemos distinguir los siguientes elementos: un Poder Ejecutivo -dividido entre el jefe de Estado (el presidente) y el jefe de gobierno (primer ministro, presidente del gobierno o canciller) y un Poder Legislativo, el Parlamento, compuesto por dos cámaras: la alta, de donde derivan las de Senadores o equivalentes (la de los Lores, en Inglaterra, sigue siendo el refugio de la aristocracia) y la baja, llamada así por ser, desde su origen, la no aristocrática (de los Comunes en Inglaterra, que representa al pueblo, equivalente a la Cámara de Representantes en Estados Unidos, a la Asamblea Nacional en Francia o al Congreso de los Diputados en España). Con la excepción inglesa, en todos los países con sistemas parlamentarios los miembros de la Cámara alta surgen de procesos electorales.

Finalmente, bondades que nos puede dar un sistema parlamentario han sido expuestas por muchos autores, entre ellos el jurista Juan Linz, quien en su obra «Democracia presidencial o parlamentaria ¿Qué diferencia implica?» argumentó que adoptar el sistema de gobierno parlamentario genera en consecuencia mayor responsabilidad de los gobiernos hacia sus ciudadanos, mayor responsabilidad por cuanto a rendición de cuentas respecta, crea un escenario de coordinación y cooperación entre partidos políticos, generando más acuerdos políticos en consecuencia, que en caso de que se viva una severa crisis, como hoy nos ocurre, sea removido el titular del Poder Ejecutivo sin que esto implique un riesgo para la estabilidad gubernamental y la continuidad en el gobierno a diferencia del continuismo de los sistemas presidenciales.

Dejamos a Usted, amable lector, la mejor opción sobre la forma de gobierno que merece este país. No sin antes dejar en el aire una frase pronunciada por Einstein «no podemos pretender obtener resultados distintos haciendo exactamente lo mismo».

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