
Por: Alejandro Caballero.
La tragedia que enluta hoy a Querétaro nos obliga a mirar más allá de las leyes y los castigos. El endurecimiento de penas, la creación del delito de “homicidio vial” y el aumento de alcoholímetros, anunciados por el alcalde Felifer Macías, son medidas necesarias, y un paso importante. Pero la verdadera transformación de nuestras calles no empieza en el Congreso ni en los retenes: empieza en la conciencia de cada ciudadano.
Si existiera un compromiso real por parte de todos para nunca conducir bajo los efectos del alcohol, no sería necesario triplicar operativos ni lamentar vidas perdidas. Tan importante como legislar es fomentar una cultura de corresponsabilidad. ¿Cuántas tragedias se evitarían si los amigos de alguien ebrio se atrevieran a quitarle las llaves, llamaran a sus padres o simplemente le dijeran que así no puede manejar?
La seguridad vial no es solo tarea de la autoridad. Es también un acto cotidiano de responsabilidad entre amigos, familias y ciudadanos. Es impedir que alguien tome el volante en estado inconveniente, aunque se enoje. Es hablar, prevenir y, si es necesario, intervenir. Esperar a que otro actúe es jugar a la ruleta rusa con vidas ajenas.
Este llamado es urgente. A los padres, a los jóvenes, a los amigos: no permitan que el silencio o la omisión los convierta en cómplices involuntarios de una tragedia. Hoy más que nunca, cuidarnos entre todos no es un eslogan: es una responsabilidad que puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
